El famoso novelista Stendhal realizó una famosa aportación a la cuestión del amor con su teoría de la
cristalización. En ella compara el proceso de enamoramiento con lo que ocurre al arrojar una rama seca
en las minas de Salzburgo. Al cabo de unos meses aparecerá recubierta de
diminutos cristales que nos deslumbrarán por su belleza y nos impedirán
reconocer la rama primitiva.
El enamoramiento es de manera análoga para Stendhal, una operación del espíritu
mediante la cual este descubrirá en cada suceso o circunstancia nuevas
perfecciones en la persona amada, cada una de las cuales es una promesa de
nuevos deleites.
El amor nace de forma espontánea cuando alguien suscita nuestra admiración por alguna cualidad, habitualmente la belleza, siempre que tengamos una mínima esperanza de ser correspondidos. Si esa esperanza no se transforma en seguridad rápidamente, sino que
mantiene la incertidumbre, al tiempo que se aviva el deseo con un continuo tira y afloja de cercanía y alejamiento, solicitud y desdén, la imaginación amorosa irá incorporando nuevas
perfecciones.
Según esta controvertida teoría nos enamoramos por tanto cuando sobre una persona normal nuestra imaginación
proyecta inexistentes perfecciones. Un día vemos la realidad y muere el amor. O tal vez no fuera eso lo que quería decir Stendhal. ¿Es el enamoramiento un proceso de idealización en el que se inventan perfecciones o un proceso de lucidez en
el que se descubren perfecciones antes veladas. ¿Es el amor ciego, una especie de fotoshop sentimental?

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