El filósofo alemán Eugen Fink considera que la existencia humana está escindida en dos
mitades, en dos géneros: masculino y femenino, que son dos expresiones de la
vida más antiguas que el individuo. A diferencia de los
dioses, que no pueden amar porque está completos en sí mismos, los seres
humanos somos fragmentos que buscan en el amor su completud.
En el amor dos figuras finitas se unen, no
entre sí, sino con el fondo vital uno e indestructible que se prolonga a través
de la cadena de las generaciones, cuya metáfora es el eterno retorno. El amor es una experiencia de este fondo
vital, que adquiere sentido precisamente desde la conciencia de la muerte, es
decir de la inevitable decadencia de las figuras finitas que surgen y
desparecen en el fundamento originario de la existencia. En el anhelo de los amantes palpita el gran
anhelo de lo entero y pleno.
El amor nos saca fuera de sí en
la embriaguez de la santa locura, nos libera de los estrechos márgenes de la
individualidad, en busca de lo completo
y eterno. Teniendo en cuenta que la única eternidad que es dada a los hombres
no puede estar fuera del tiempo, sino en el hijo y en el hijo del hijo, es decir, en la persistencia de las generaciones, en la reiterada renovación de
la existencia, en la serie sin fin de figuras de la vida siempre nuevas.






